En el Tintero

El Tintero es un blog de concepto periodístico en el que se presentan temas de interés general en politíca, sociedad, cultura y educación.
Conoce la opinión de jóvenes comunicólogos en búsqueda de información a través de artículos, entrevistas, reportajes, columnas y notas.



jueves, 12 de abril de 2012

CRÓNICA: EN EL CORAZÓN DE LA MOSCA

Muchos chiapanecos en pobreza extrema se ven en la necesidad de invadir terrenos federales en búsqueda de un hogar.


En el Corazón de la Mosca.

El viejo motor ruidoso hizo sincronía al arrancar con un estallido del escape: La travesía  hacia las entrañas de la Mosca había comenzado.


Por Rosa Dania Martínez.


Eran más de las cuatro de la tarde cuando se esperaba la salida de aquella vieja combi con el piso lleno de lodo rojo y seco, la temperatura dentro de ella era sofocante, un calor húmedo, agotador.
De pronto los pasajeros comenzaron a abordar uno a uno, la primera en ascender fue una humilde mujer con el rostro cansado que llevaba consigo a un delgado niño que lucía un corte de cabello que parecía hecho a tijerazos. Minutos después subió un hombre joven y delgado, también él lucía muy humilde, vestía un overol azul desteñido de alguna empresa cuyo nombre no se distinguía -seguramente obsequio de alguien-, un par de viejas botas con restos de cemento y pringas de pintura multicolor, una maleta negra, sucia y remendada con hilos de colores por doquier.
Una pareja subió adelante. Parecían ser novios, muy jóvenes. Quizá unos 14 años la chica, delgada con largo cabello aceitoso y él unos cuantos años mayor, vestía playera negra y un pantalón sumamente ancho de las piernas que dejaba ver parte de su ropa interior. Jugaban sus manos divertidos esperando la salida de la unidad.
Minutos después un anciano subió. Traía puesto un sombrero negro de ala grande con una pluma de ojuelos entre verdes y azules, lentes oscuros y una muy delgada camisa blanca que se adhería a él por el mucho sudor  de su cuerpo. Con una voz garraspoza dio las buenas a tardes a todos mientras se sentaba en el asiento individual junto a la puerta.
El último en subir fue un chico con audífonos y un pañuelo negro con detalles blancos amarrado a su cabeza. Estaban todos listos para salir. El chofer encendió la combi. El viejo motor ruidoso hizo sincronía con un estallido del escape al avanzar. La ruta hacia una de las tantas colonias    por invasión, como se conoce en el pueblo inició: Colonia El Porvenir o vulgarmente conocida, La Mosca.

Bajaron uno a uno en el trayecto. Nadie más subió durante el camino. El viaje fue callado. Vacío. Nadie parecía conocerse. Nadie se miró entre si. Ni una sola sonrisa. Ni un saludo. Solo el respetivo diálogo entre en el chofer y cada quién para pedir su parada y pagar su pasaje.  Los primeros en bajar fueron la madre con su hijo; que cuidadosa aguardó la bajada del pequeño para evitar un accidente.
Le siguieron unas cuadras más adelante la pareja de novios que agradeció al chofer. Después el albañil, que bajó justo frente a su hogar. Mientras la combi esperaba su turno para incorporarse a la calle siguiente, fue tiempo necesario para ver como dos menores gustosos salían de una pequeña casita de lámina al encuentro de su padre -“Ya llego papi, mamá”- gritó uno de ellos mientras su padre pintaba en su rostro cansado una sonrisa al escucharlos.
El turno de avanzar de la combi seguía después de una pequeña y destartalada camioneta repartidora de agua potable. Frente a una modesta tienda de abarrotes bajó con dificultad el anciano del sombrero. Sólo restaba el chico del pañuelo, que sentado en una esquina con las piernas dobladas movía el pie derecho a la vez que murmuraba la letra de alguna canción. Mantuvo la mirada siempre hacia afuera. “¡En la esquina, wey!” De pronto dijo exaltado al chofer. El chofer se detuvo al doblar en una calle. Era el momento de bajar.
Cualquiera que decida ir a esa pequeña y reciente comunidad tendrá que bajar en esa esquina: Frente a un puente de gruesos tubos amarillos propiedad de PEMEX, justo arriba de una corriente de aguas sucias.
Ni siquiera era la entrada sino hasta 100 metros adelante, a mano derecha había un muy angosto camino, era la entrada. Con un muy profundo hueco que atravesaba de lado a lado el camino de lodo rojo se daba la bienvenida a sus habitantes.
Camino hacia el Corazón de la Mosca
FOTOGRAFÍA ROSA DANIA MARTÍNEZ





La travesía a pie hacia La Mosca fue alrededor de 500 metros adentro. Después de cruzar por el lodo rojo, estaba una escasa venta de algunos abarrotes en un pequeño hogar. Unos cuantos pasos bastaron para hacer que una anciana saliera a ver quien estaba entrando. Frente a ella estaba estacionada una vieja camioneta color vino de larga batea Pick Up con diversas picaduras en su lámina y recargadas a ella, tres hombres, dos de ellos sin camisa y con los pies llenos de lodo, tomaban del pico de la misma botella de cerveza.  Parecía no ser la única, varias botellas vacías yacían en el suelo. Reían mientras empujaban a uno de ellos. De repente se detuvieron, alguien estaba entrando a la colonia. Miraron serios sin contestar ningún saludo.

No habían sido ni diez metros de camino en cuanto los habitantes comenzaron a asomarse por las ventanas o definitivamente salieron sin miramientos de las modestas casas distantes entre unas y otras a ver quien andaba. Un niño salió presuroso al  ver que alguien ajeno a su colonia. Se quedó estático, observando fijamente a los ojos mientras chupaba una pieza de pan. Solo vestía ropa interior, un calzoncito café que apenas cubría su diminuta cadera. Cinco o seis años semejaba su rostro pero no su corta estatura. Después de unos instantes entró a su casa y en la puerta  apareció su madre jalada por él mismo por una esquina de su falda.
En el trayecto del largo camino, avanzaba una señora de edad, parecía tener alrededor de los 70 años, con el cabello gris trenzado que le llegaba debajo de la cadera, una falda floreada con fondo morado y una blusa roja, descalza con los talones agrietados cargaba una cubeta con masa y en la otra una gran bolsa de plástico negra de la que salían muchas ramas de chipilín. Se veía acalorada, cansada pero aun así su paso era presuroso.
Muchos perros flacos, sarnosos y malolientes en pequeñas manadas se acercaban al paso anunciando la proximidad de la Mosca. El olor a pestilencia característica del basurero se comenzaba a sentir prevaleciendo por encima del olor a humo y a cacao en el aire. Los pies se hundían en el suave lodo rojo por las lluvias de un día anterior, orilla a orilla la basura recubría el camino. Estaba dentro del corazón de la Mosca.


En las orillas de aquel basurero municipal, desde hace cinco años, pepenadores, barrenderos, boleros y otros tantos desempleados llegaron a terrenos propiedad de PEMEX apropiándose de un pedazo de tierra donde poder pasar los días a pesar de las condiciones de contaminación extrema.
Una de las viviendas de La Mosca
FOTOGRAFÍA ROSA DANIA MARTÍNEZ
La pobreza, el hambre y la necesidad habían sido los motores para ser “los invasores”, como se conoce en el pueblo, para ignorar las condiciones de vivir en los asentamientos de aquel basurero, entre los animales, las aves de rapiña, la pestilencia.
Más de dos camiones cargados de basura cruzaron para llegar al basurero. Al igual que el esqueleto de una moto que apenas y avanzaba, manejada por un señor joven con un pequeño niño detrás que lucían sus pies descalzos y enlodados. Enmarcando la entrada un letrero del “H. Ayuntamiento, Gobierno del estado y PEMEX” rodeado de altos montes de toneladas de basura señala:

“Aquí se construye un Relleno Sanitario. Tirar Basura Hasta el Fondo. Cuida tu medio Ambiente”.

Bastó echar una mirada ante aquel panorama desolador para estremerse al sentir la cruda realidad de la pobreza, del hambre, de la desesperación. Muchas y muy pequeñas casas de apenas unos 3x4 metros, construidas con pedazos oxidados de láminas, de cartones, palos, bambú, barro, madera... basura de cualquier cosa que pueda levantarse con sus propias manos para más o menos subsistir. Las casas, esparcidas muy cercanas unas a las otras, con estrechas divisiones que hacen los caminos. El hedor de la basura era prácticamente insoportable, sofocante al punto de la asfixia. Es increíble pensar en las condiciones de vida de sus habitantes.

 
Aproximadamente cincuenta metros después del letrero, se levantan enormes montículos de basura, en el más alto de éstos, tres niños apenas vestidos jugaban con los zopilotes que merodeaban bajando al lugar con confianza, en el centro dos camiones descargando los viajes de basura.
Debajo de un gran cerro de basura, más niños corrían y gritaban persiguiéndose el uno al otro. Un escalofriante cuadro. Sucios, descalzos, apenas vestidos con ropa rota y la cara manchada se aventaban pedazos de basura que recogían mientras reían divertidos “una guerrita de basura”.
A las afueras de La Mosca, una de sus habitantes, la señora Marbella Sánchez, salió con dificultad al encuentro para invitarme a pasar a su humilde hogar. La mujer de quizás más de setenta años calzaba unas viejas y empolvadas sandalias, vestía una falda que le cubría a la mitad de las pantorrillas y una delgada blusa remendada. Una de las patas de sus lentes faltaba y parecía dar el aspecto de tener el rostro de lado.  Su hogar apenas media 3x3m. Tan pequeño. Tan increíble.
En su fachada lucia una lona de propaganda política, unos pedazos de cartón y algunos restos de aparatos electrodomésticos que salieron del basurero: Llantas viejas y encharcadas, pedazos de metal, láminas y basura en general. Dentro de aquel diminuto cuarto unos cuantos hilos de una hamaca vieja y descolorida atravesaban la habitación. Dos sillas chuecas de madera y la osamenta de un sillón con los alambres de fuera cubierto con una toalla, una pequeña mesa con restos de una tortilla tiesa y un par de tazas junto a una nevera en pedazos era todo. No había más.
El clima, la ropa sucia y el zorro que se comió a uno de sus pollos la noche anterior fueron los temas de conversación mientras caminaba de un lado a otro dentro de la pequeña casa recogiendo papeles y basuras del piso de tierra.

Las condiciones de vida en la Mosca son trágicas. Dentro de aquel hogar, como en cualquier punto, podía escucharse los muchos gritos, regaños y groserías de las madres a sus hijos. Afuera el ruido de los niños corriendo y gritando al  jugar con la basura junto a muchos perros que ladran y gruñen con ellos.
Al salir de un lado a otro se pueden ver todas las casas idénticas, con la misma fachada, con los mismos materiales. Son tan pequeñas que hasta parece increíble pensar que ahí duermen todos los integrantes de una familia. Debido a la falta de servicios públicos, ni un solo baño se puede apreciar, solo fosas sépticas a unos cuantos metros que se unen a la peste general del lugar.
La noche estaba próxima. Era hora de partir. Al doblar en una esquina, tres pequeños niños completamente sucios, despeinados, delgados y con una redonda pancita muy prominente jugaban entretenidos sentados en un enorme charco de agua fangosa, verde y espesa que se había asentado de la lluvia en la noche anterior sobre un hueco en la tierra. Uno de los tres pequeños vestía un short azul enlodado y una playera roja, los otros dos, solo un calzoncillo, ninguno tenia zapatos. Estaban sentados en aquel charco mientras gustosos reían a carcajadas. Con sus pequeñas manos tomaban un poco de fango y lo aventaban al cielo mientras observaban como subía y bajaba el lodo esquivando su caída. Era una verdadera fiesta.
A pesar de las condiciones en las que viven, esos tres niños jugaban sin preocupaciones con la inocencia y frescura de la niñez. No todo es desolación…algunos son felices aunque sea por un instante. También en el corazón de La Mosca hay vida.

1 comentario:

  1. Anónimo14/4/12

    Excelente Dani, Felicidades no hay mejor descripcion de la mosca. Eres muy buena en lo que haces y creo que dia a dia lo vas a mejorando. Me gustaron han gustado mucho tus trabajos Sigue asi. y una Vez mas Felicidades.

    Atte. Werclain

    ResponderEliminar