En el Corazón de la Mosca.
El viejo motor ruidoso hizo sincronía al arrancar con un estallido del escape: La travesía hacia las entrañas de Por Rosa Dania Martínez.
Eran más de las cuatro de la
tarde cuando se esperaba la salida de aquella vieja combi con el piso lleno de
lodo rojo y seco, la temperatura dentro de ella era sofocante, un calor húmedo,
agotador.
De pronto los pasajeros comenzaron a abordar uno a uno,
la primera en ascender fue una humilde mujer con el rostro cansado que llevaba
consigo a un delgado niño que lucía un corte de cabello que parecía hecho a
tijerazos. Minutos después subió un hombre joven y delgado, también él lucía
muy humilde, vestía un overol azul desteñido de alguna empresa cuyo nombre no
se distinguía -seguramente obsequio de alguien-, un par de viejas botas con restos
de cemento y pringas de pintura multicolor, una maleta negra, sucia y remendada
con hilos de colores por doquier.
Una pareja subió adelante. Parecían ser novios, muy
jóvenes. Quizá unos 14 años la chica, delgada con largo cabello aceitoso y él unos cuantos años mayor, vestía playera negra y un pantalón sumamente ancho de
las piernas que
dejaba ver parte de su ropa interior. Jugaban
sus manos divertidos esperando la salida de la unidad.
Minutos después un anciano subió. Traía puesto un
sombrero negro de ala grande con una pluma de ojuelos entre verdes y azules,
lentes oscuros y una muy delgada camisa blanca que se adhería a él por el mucho
sudor de su cuerpo. Con una voz garraspoza dio las buenas a tardes a
todos mientras se sentaba en el asiento individual junto a la puerta.
El último en subir fue un chico con audífonos y un
pañuelo negro con detalles blancos amarrado a su cabeza. Estaban todos listos para salir. El chofer encendió la combi. El viejo
motor ruidoso hizo sincronía con un estallido del escape al avanzar. La ruta
hacia una de las tantas colonias por invasión, como se conoce en el pueblo inició: Colonia El Porvenir o vulgarmente conocida, La Mosca.
Bajaron uno a uno en el trayecto. Nadie más subió durante
el camino. El viaje fue callado. Vacío. Nadie parecía conocerse. Nadie se miró
entre si. Ni una sola sonrisa. Ni un saludo. Solo el respetivo diálogo entre en
el chofer y cada quién para pedir su parada y pagar su pasaje. Los primeros en bajar fueron la madre con su
hijo; que cuidadosa aguardó la bajada del pequeño para evitar un accidente.
Le siguieron unas cuadras más adelante la pareja de
novios que agradeció al chofer. Después el albañil, que bajó justo frente a su
hogar. Mientras la combi esperaba su turno para incorporarse a la calle
siguiente, fue tiempo necesario para ver como dos menores gustosos salían de
una pequeña casita de lámina al encuentro de su padre -“Ya llego papi, mamá”- gritó
uno de ellos mientras su padre pintaba en su rostro cansado una sonrisa al
escucharlos.
El turno de avanzar de la combi seguía después de una pequeña
y destartalada camioneta repartidora de agua potable. Frente a una modesta
tienda de abarrotes bajó con dificultad el anciano del sombrero. Sólo restaba
el chico del pañuelo, que sentado en una esquina con las piernas dobladas movía
el pie derecho a la vez que murmuraba la letra de alguna canción. Mantuvo la
mirada siempre hacia afuera. “¡En la esquina, wey!” De pronto dijo exaltado al
chofer. El chofer se detuvo al doblar en una calle. Era el momento de bajar.
Cualquiera que decida ir a esa pequeña y reciente
comunidad tendrá que bajar en esa esquina: Frente a un puente de gruesos tubos
amarillos propiedad de PEMEX, justo arriba de una corriente de aguas sucias.
Ni siquiera era la entrada sino hasta 100 metros adelante, a
mano derecha había un muy angosto camino, era la entrada. Con un muy profundo
hueco que atravesaba de lado a lado el camino de lodo rojo se daba la
bienvenida a sus habitantes.
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| Camino hacia el Corazón de la Mosca FOTOGRAFÍA ROSA DANIA MARTÍNEZ |
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La travesía a pie hacia La Mosca
fue alrededor de 500
metros adentro. Después de cruzar por el lodo rojo,
estaba una escasa venta de algunos abarrotes en un pequeño hogar. Unos cuantos
pasos bastaron para hacer que una anciana saliera a ver quien estaba entrando. Frente
a ella estaba estacionada una vieja camioneta color vino de larga batea Pick Up
con diversas picaduras en su lámina y recargadas a ella, tres hombres, dos de
ellos sin camisa y con los pies llenos de lodo, tomaban del pico de la misma
botella de cerveza. Parecía no ser la única,
varias botellas vacías yacían en el suelo. Reían mientras empujaban a uno de
ellos. De repente se detuvieron, alguien estaba entrando a la colonia. Miraron
serios sin contestar ningún saludo.
No habían sido ni diez metros de camino en cuanto los
habitantes comenzaron a asomarse por las ventanas o definitivamente salieron
sin miramientos de las modestas casas distantes entre unas y otras a ver quien andaba.
Un niño salió presuroso al ver que
alguien ajeno a su colonia. Se quedó estático, observando fijamente a los ojos
mientras chupaba una pieza de pan. Solo vestía ropa interior, un calzoncito
café que apenas cubría su diminuta cadera. Cinco o seis años semejaba su rostro
pero no su corta estatura. Después de unos instantes entró a su casa y en la
puerta apareció su madre jalada por él
mismo por una esquina de su falda.
En el trayecto del largo camino, avanzaba una señora de
edad, parecía tener alrededor de los 70 años, con el cabello gris trenzado que
le llegaba debajo de la cadera, una falda floreada con fondo morado y una blusa
roja, descalza con los talones agrietados cargaba una cubeta con masa y en la
otra una gran bolsa de plástico negra de la que salían muchas ramas de chipilín.
Se veía acalorada, cansada pero aun así su paso era presuroso.
Muchos perros flacos, sarnosos y malolientes en pequeñas
manadas se acercaban al paso anunciando la proximidad de la Mosca. El olor a
pestilencia característica del basurero se comenzaba a sentir prevaleciendo por
encima del olor a humo y a cacao en el aire. Los pies se hundían en el suave
lodo rojo por las lluvias de un día anterior, orilla a orilla la basura
recubría el camino. Estaba dentro del corazón de la Mosca.
En las orillas de aquel basurero municipal, desde hace
cinco años, pepenadores, barrenderos, boleros y otros tantos desempleados
llegaron a terrenos propiedad de PEMEX apropiándose de un pedazo de tierra
donde poder pasar los días a pesar de las condiciones de contaminación extrema.
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| Una de las viviendas de La Mosca FOTOGRAFÍA ROSA DANIA MARTÍNEZ |
La pobreza, el hambre y la necesidad habían sido los
motores para ser “los invasores”, como se conoce en el pueblo, para ignorar las
condiciones de vivir en los asentamientos de aquel basurero, entre los
animales, las aves de rapiña, la pestilencia.
Más de dos camiones cargados de basura cruzaron para
llegar al basurero. Al igual que el esqueleto de una moto que apenas y
avanzaba, manejada por un señor joven con un pequeño niño detrás que lucían sus
pies descalzos y enlodados. Enmarcando la entrada un letrero del “H. Ayuntamiento,
Gobierno del estado y PEMEX” rodeado de altos montes de toneladas de basura señala:
“Aquí se construye un Relleno Sanitario.
Tirar Basura Hasta el Fondo. Cuida tu medio Ambiente”.
Bastó echar una mirada ante aquel panorama desolador para
estremerse al sentir la cruda realidad de la pobreza, del hambre, de la
desesperación. Muchas y muy pequeñas casas de apenas unos 3x4 metros, construidas
con pedazos oxidados de láminas, de cartones, palos, bambú, barro, madera... basura
de cualquier cosa que pueda levantarse con sus propias manos para más o menos subsistir.
Las casas, esparcidas muy cercanas unas a las otras, con estrechas divisiones
que hacen los caminos. El hedor de la basura era prácticamente insoportable,
sofocante al punto de la asfixia. Es increíble pensar en las condiciones de
vida de sus habitantes.
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Aproximadamente cincuenta
metros después del letrero, se levantan enormes montículos de basura, en el más
alto de éstos, tres niños apenas vestidos jugaban con los zopilotes que
merodeaban bajando al lugar con confianza, en el centro dos camiones
descargando los viajes de basura.
Debajo de un gran cerro de basura, más niños corrían y
gritaban persiguiéndose el uno al otro. Un escalofriante cuadro. Sucios,
descalzos, apenas vestidos con ropa rota y la cara manchada se aventaban
pedazos de basura que recogían mientras reían divertidos “una guerrita de
basura”.
A las afueras de La
Mosca, una de sus habitantes, la señora Marbella Sánchez, salió con
dificultad al encuentro para invitarme a pasar a su humilde hogar. La mujer de
quizás más de setenta años calzaba unas viejas y empolvadas sandalias, vestía
una falda que le cubría a la mitad de las pantorrillas y una delgada blusa
remendada. Una de las patas de sus lentes faltaba y parecía dar el aspecto de
tener el rostro de lado. Su hogar apenas
media 3x3m. Tan pequeño. Tan increíble.
En su fachada lucia una lona de propaganda política, unos
pedazos de cartón y algunos restos de aparatos electrodomésticos que salieron
del basurero: Llantas viejas y encharcadas, pedazos de metal, láminas y basura
en general. Dentro de aquel diminuto cuarto unos cuantos hilos de una hamaca vieja
y descolorida atravesaban la habitación. Dos sillas chuecas de madera y la
osamenta de un sillón con los alambres de fuera cubierto con una toalla, una
pequeña mesa con restos de una tortilla tiesa y un par de tazas junto a una
nevera en pedazos era todo. No había más.
El clima, la ropa sucia y el zorro que se comió a uno de
sus pollos la noche anterior fueron los temas de conversación mientras caminaba
de un lado a otro dentro de la pequeña casa recogiendo papeles y basuras del piso de tierra.
Las condiciones de vida en la Mosca son trágicas. Dentro
de aquel hogar, como en cualquier punto, podía escucharse los muchos gritos,
regaños y groserías de las madres a sus hijos. Afuera el ruido de los niños
corriendo y gritando al jugar con la
basura junto a muchos perros que ladran y gruñen con ellos.
Al salir de un lado a otro se pueden ver todas las casas
idénticas, con la misma fachada, con los mismos materiales. Son tan pequeñas
que hasta parece increíble pensar que ahí duermen todos los integrantes de una
familia. Debido a la falta de servicios públicos, ni un solo baño se puede
apreciar, solo fosas sépticas a unos cuantos metros que se unen a la peste
general del lugar.
La noche estaba próxima. Era hora de partir. Al doblar en una esquina, tres pequeños niños completamente
sucios, despeinados, delgados y con una redonda pancita muy prominente jugaban
entretenidos sentados en un enorme charco de agua fangosa, verde y espesa que
se había asentado de la lluvia en la noche anterior sobre un hueco en la
tierra. Uno de los tres pequeños vestía un short azul enlodado y una playera
roja, los otros dos, solo un calzoncillo, ninguno tenia zapatos. Estaban
sentados en aquel charco mientras gustosos reían a carcajadas. Con sus pequeñas
manos tomaban un poco de fango y lo aventaban al cielo mientras observaban como
subía y bajaba el lodo esquivando su caída. Era una verdadera fiesta.
A pesar
de las condiciones en las que viven, esos tres niños jugaban sin preocupaciones
con la inocencia y frescura de la niñez. No todo es desolación…algunos son
felices aunque sea por un instante. También en el corazón de La Mosca hay vida.


Excelente Dani, Felicidades no hay mejor descripcion de la mosca. Eres muy buena en lo que haces y creo que dia a dia lo vas a mejorando. Me gustaron han gustado mucho tus trabajos Sigue asi. y una Vez mas Felicidades.
ResponderEliminarAtte. Werclain