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jueves, 12 de abril de 2012

CRÓNICA: LOS HIJOS DEL GRIJALVA

EL PUENTE GRIJLAVA ALBERGA UN GRUPO DE PERSONAS QUE NO ENCUENTRAN EL CAMINO DE REGRESO A SUS HOGARES.

LOS HIJOS DEL GRIJALVA

En uno de los lechos en los muros del puente, duerme plácidamente un hombre vestido de suciedad. Las moscas rondan su cara, su boca, sus ojos velando su sueño. Es un de los tantos hijos del Grijalva.


Por Rosa Dania Martínez.


El rugir de camiones hace cimbrar al hogar de muchos. El concreto se estremece a su paso. Parado sobre él se puede sentir en la planta de los pies la contracción de su respirar. Hay tanta vida sobre y debajo de él.  A pesar de ser tan longevo sigue resistente, de pie, protegiendo a sus hijos, a los exiliados que alberga  en sus entrañas.
Debajo del Grijalva los toscos muros grisáceos se visten de incontables nidos de insectos, de manchas de basura, de todo tipo de mugre pero eso jamás ha importado. Ha sido y será refugio de los carentes, familia de los desprotegidos, de los rostros de siempre, de cada mañana.
Vagos, delincuentes, teporochos, malvivientes muchos son los nombres que se les a dado. Muchas son las formas en que los conocemos, las numerosas veces que los hemos topado en el camino, excluidos, redimidos, como espectros incógnitos  ante el repudio de muchos.
El sol nace una vez mas aunque aquí parece no alumbrar para todos. Un día cualquiera. Como siempre, presurosos, ajenos, distraídos, gente sencilla reviste el puente con diferentes rumbos. Mudos. Ajenos.
Algunos transeúntes de pronto echan un vistazo hacia abajo, en su mirar se asoma la repulsión,  la lastima... aquellos teporochos del lugar tirados como bultos, como un saco mas de desperdicios.
Por otras personas, ni siquiera ignorados, pasan totalmente inadvertidos. Son parte del panorama, de la inmundicia del lugar.
Basura en general, bolsas de plástico con viseras de animales que se asoman entre las aberturas, fruta podrida, melones enmohecidos, tomates reventados, cascaras de naranja, botellas de plástico, retazos de tela sucia, plumas de aves, agua puerca encharcada son la decoración perfecta de la indigencia.
Debajo de las escaleras, sobre un costado hay dos hombres completamente sucios, malolientes, con las uñas atascadas de tierra y las palmas de las manos negras de tanta mugre, cantan y aplauden perdidos felizmente en el alcohol. Es una verdadera fiesta. Uno de ellos se pone de pie para cantar mas alto y después hacer una reverencia vacilante a su compañero por los aplausos recibidos...de pronto se detiene, camina unos cuantos pasos para levantar, quizá la única comida del día: un tomate  de tierra. Lo come con los ojos cerrados que de vez en cuando abre, como si sus párpados fuesen de plomo. Como si supiera que cerrados, se le extrañaría mas. El sueño lo llama. Lo espera su hogar: Un viejo petate colocado en un hueco del puente.
Su amigo, sube detrás de el e insiste en que sigan cantando. Hacen tanto escándalo: las risas, el canto, los aplausos...
Del otro lado de las escaleras aparece una mujer joven. Su aspecto es deplorable. Viste de una playera roja, obsequio de un candidato, con el cabello desteñido, enmarañado. Su pantalón se encuentra sumamente sucio. La cara hinchada, la mirada perdida, los labios resecos que continuamente son limpiados con sus manos sucias. Va acompañada de un joven, que carga consigo una bolsa que parece tener unas sandalias dentro. Discuten fuertemente mientras ella aletea las manos. Parece fastidiada, harta, se ve cansada, pálida, ojerosa...ambos a duras penas caminan por los estragos del alcohol.
Debajo del Puente Grijalva se encuentra
el hogar  de muchos indigentes
FOTOGRAFÍA DE ARCHIVO
En uno de los lechos en los muros del puente, duerme plácidamente un hombre vestido de suciedad, también indigente... Las moscas lo acompañan. Rondan su cara, su boca, sus ojos velando su sueño. Quizá serán esos insectos los únicos que lo escuchen. Sus amigas, sus aliadas no les molesta estar cerca de el. No le causan ninguna molestia.
Cruzando la calle, justo donde termina el malecón, posado sobre la tierra hay un bolero con una silla vieja, junto a el, una modesta mesita. Esperando que la primera chamba caiga mira con gusto al que se le acerca.
Alrededor de cuatro metros a un costado, dos tubos laterales amarillos se encuentran formando una H, sentado en ese lugar, un hombre perdido en el alcohol ataviado con una camisa delgada y desteñida color azul charlaba con un amigo.... Se reía, parloteaba y haciendo miles de gestos al saludar a las personas que hacían caso omiso a su presencia, se veía enormemente dichoso ante la amena palabrería. No había nadie a su lado, solo era un delirio... Solo el y su mundo. Solo el y su imaginación. Con la soledad sentada a su lado.
Es tan distintivo, el peculiar olor a orina, que después de medio día es casi insoportable. Se siente un hedor caliente, repugnante, asfixiante. El bagaje de olores es tan diverso. No se puede identificar con precisión que es lo que huele peor. Dos, tres pasos y una peste distinta. Cuatro o cinco pasos mas y alguien a tu lado emana un fuerte olor de su cuerpo, puede ser sudor... puede ser la misma peste impregnada a su persona. Sin excepción de alguna zona, todo el lugar se perfuma de fetidez, de necesidad.
Los carros transitan de manera fluida. Trasportistas, automóviles, camionetas, todo tipo de vehículos transita por el lugar, desde el auto mas lujoso hasta la vieja combi que escupe humo atascada de personas.
Arreados como las vacas por dos agentes de tránsito, hacen señas e indicaciones con las manos de “Avance, avance...” mientras de vez en cuando hacen sonar sus silbatos.
Ruido de motores, patrullas, silbatos, claxon de automóviles, voces que al otro lado de la calle en el mercado Pino Suárez invitan: “¡Pásele!, ¡Pásele! ¿qué va a llevar?” o los cuidadores de los coches estacionados que gritan: “¡Viene! ¡viene!” aleteando una franela roja mientras algunos de los cargadores de bultos atraviesan ágilmente la calle con los viejos diablitos saturados de costales, cajas o bolsas. Ellos son la vida del lugar, lo demás... tal como desperdicio.
Alguien cruza la calle, no le importa el tráfico de los vehículos, se avienta con un diablito a cuestas provocando que algunos coches se detengan estrepitosamente a su paso. Es un hombre joven. Viste un viejo pantalón café, roto  y remendado de algunas partes, una playera verde oscuro, que mas bien parece gris ante tanta mugre, los ojos hinchados, rojos, perdidos, su andar vacilante y zigzagueado, el cabello tan negro, tal parece como su fortuna, y el olor tan peculiar a alcohol, a orina, a sudor... llega por fin del otro lado, deja su carga y vuelva a bajar a la calle, se acerca a las ventanas de los vehículos haciendo señas con la mano de “un pesito” al levantar el dedo índice mientras se pinta un rostro de carencia y lastima.
Si alguno se detiene es por que se acercó más de la cuenta o le tocó la mala fortuna de bajar tanto la velocidad que pudiera colgarse del marco de la ventana y pedir caridad. Ni uno solo de los automóviles que detuvo caridad le dio. Ni siquiera lo miraron. Nadie estaba en su ventana. Nadie estaba atravesado a mitad de calle. La mirada de los conductores delataba que ese hombre solo era mas basura del lugar.
Se ríe y tallándose los ojos con la cabeza baja regresa a la banqueta. Saca una franela roja y comienza a agitarla haciendo mofa a los tránsitos. Levanta su carga y camina hacia el estacionamiento del mercado.
¡Sale, patrón! Grita el “Viene, viene” después de acercarse a recibir dos tres monedas por su trabajo mientras le da una palmada en la parte trasera de una camioneta al salir.
Silba y aplaude en cuanto el otro vehículo llega a ocupar el espacio. Viste de una playera gris desteñida, una gorra que alguna vez fue roja, de avanzada edad y piel morena.
Es mas que obvio, el también está en estado de ebriedad, lo dice su andar distraído y su paso inestable. Sentado en el pie de un muro del puente, después de sacar una larga camioneta roja cargada de costales, amarra una franela roja a un pedazo de gancho blanco, en cuanto termina, lo agita vigorosamente.
De pronto, alguien se acerca, es otro hombre. El mismo que viste de verde y detenía los coches anteriormente para pedir limosna.
Un auto esta apunto de salir ayudado por el hombre de la franela en el gancho. Rápidamente se acerca el mas joven y también le hace indicaciones al chofer que sale. El hombre del gancho se molesta y velozmente se acerca al conductor para recibir el pago por su ayuda.
Se acerca al hombre de verde y comienza una disputa.
-       ¿Qué madre haces aquí? Este es mi lugar, vete de aquí. Déjame trabajar...¡Te voy a matar! – le grita muy molesto mientras camina detrás de él haciendo señas de sacar un cuchillo imaginario de su costado izquierdo.
Es totalmente ignorado por el hombre de verde que saluda alzando la mano a uno de los cargadores de bultos del mercado que atraviesa la calle ágilmente y ni siquiera lo mira. Ese cargador va concentrado en su viaje. Va bañado en sudor, en esfuerzo.
Los cargadores de bultos, agitados y prontamente levantan la carga con sumo vigor. Nada los detiene, ni el peso, ni el hambre, ni el sol, mucho menos la peste a la que ya se acostumbraron con el paso del tiempo.
Uno de ellos parece tener mas de medio siglo cargado en su espalda. La fuerza en su cuerpo y la condición por su trabajo lo hace aparentar mucho menos de los años que en realidad ha vivido.
Sentado sobre su diablito charla emocionado de cómo matará al maldito perro que tiene por cuñado con un trabajo de un brujo de San Carlos que, según dicen, es muy bueno y hace la chamba rebien por cinco baros. 
El es solo uno mas de los tantos personajes que dan vida debajo del puente Grijalva. Es increíble. Todo el lugar es una pequeña parte de la pobreza, del desempleo, del hambre, de la desesperación. Reflejo de la perdición de los vicios, del abandono, de la enfermedad.
Lado a lado debajo del puente es territorio de numerosos teporochos como los conocemos, que rondan por el lugar, por que ahí es su sitio, su hogar...
En verdad son despreciados ante los ojos de muchos por lo que son... pero después de todo solo resta pensar, que en entre todos ellos, nadie resulta ser quién parece. Regazo del Grijalva, hogar de todos, amparo de muchos...refugio de las ánimas del alcohol que brindan minuto a minuto por la quimera que se perdió en el camino.

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