EL PUENTE GRIJLAVA ALBERGA
UN GRUPO DE PERSONAS QUE NO ENCUENTRAN EL CAMINO DE REGRESO A SUS HOGARES.
LOS HIJOS DEL GRIJALVA
En uno de los lechos en los muros del puente, duerme plácidamente un hombre vestido de suciedad. Las moscas rondan su cara, su boca, sus ojos velando su sueño. Es un de los tantos hijos del Grijalva.Por Rosa Dania Martínez.
El rugir de camiones hace cimbrar al hogar de muchos. El concreto se estremece a su paso. Parado sobre él se puede sentir en la planta de los pies la contracción de su respirar. Hay tanta vida sobre y debajo de él. A pesar de ser tan longevo sigue resistente, de pie, protegiendo a sus hijos, a los exiliados que alberga en sus entrañas.
Debajo del Grijalva los toscos muros grisáceos se visten
de incontables nidos de insectos, de manchas de basura, de todo tipo de mugre
pero eso jamás ha importado. Ha sido y será refugio de los carentes, familia de
los desprotegidos, de los rostros de siempre, de cada mañana.
Vagos, delincuentes, teporochos, malvivientes muchos son
los nombres que se les a dado. Muchas son las formas en que los conocemos, las
numerosas veces que los hemos topado en el camino, excluidos, redimidos, como
espectros incógnitos ante el repudio de
muchos.
El sol nace una vez mas aunque aquí parece no alumbrar
para todos. Un día cualquiera. Como siempre, presurosos, ajenos, distraídos,
gente sencilla reviste el puente con diferentes rumbos. Mudos. Ajenos.
Algunos transeúntes de pronto echan un vistazo hacia
abajo, en su mirar se asoma la repulsión,
la lastima... aquellos teporochos del lugar tirados como bultos, como un
saco mas de desperdicios.
Por otras personas, ni siquiera ignorados, pasan
totalmente inadvertidos. Son parte del panorama, de la inmundicia del lugar.
Basura en general, bolsas de plástico con viseras de
animales que se asoman entre las aberturas, fruta podrida, melones enmohecidos,
tomates reventados, cascaras de naranja, botellas de plástico, retazos de tela
sucia, plumas de aves, agua puerca encharcada son la decoración perfecta de la
indigencia.
Debajo de las escaleras, sobre un costado hay dos hombres
completamente sucios, malolientes, con las uñas atascadas de tierra y las
palmas de las manos negras de tanta mugre, cantan y aplauden perdidos
felizmente en el alcohol. Es una verdadera fiesta. Uno de ellos se pone de pie
para cantar mas alto y después hacer una reverencia vacilante a su compañero
por los aplausos recibidos...de pronto se detiene, camina unos cuantos pasos
para levantar, quizá la única comida del día: un tomate de tierra. Lo come con los ojos cerrados que
de vez en cuando abre, como si sus párpados fuesen de plomo. Como si supiera
que cerrados, se le extrañaría mas. El sueño lo llama. Lo espera su hogar: Un
viejo petate colocado en un hueco del puente.
Su amigo, sube detrás de el e insiste en que sigan
cantando. Hacen tanto escándalo: las risas, el canto, los aplausos...
Del otro lado de las escaleras aparece una mujer joven. Su
aspecto es deplorable. Viste de una playera roja, obsequio de un candidato, con
el cabello desteñido, enmarañado. Su pantalón se encuentra sumamente sucio. La
cara hinchada, la mirada perdida, los labios resecos que continuamente son
limpiados con sus manos sucias. Va acompañada de un joven, que carga consigo
una bolsa que parece tener unas sandalias dentro. Discuten fuertemente mientras
ella aletea las manos. Parece fastidiada, harta, se ve cansada, pálida,
ojerosa...ambos a duras penas caminan por los estragos del alcohol.
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| Debajo del Puente Grijalva se encuentra el hogar de muchos indigentes FOTOGRAFÍA DE ARCHIVO |
En uno de los lechos en los muros del puente, duerme
plácidamente un hombre vestido de suciedad, también indigente... Las moscas lo
acompañan. Rondan su cara, su boca, sus ojos velando su sueño. Quizá serán esos
insectos los únicos que lo escuchen. Sus amigas, sus aliadas no les molesta
estar cerca de el. No le causan ninguna molestia.
Cruzando la calle, justo donde termina el malecón, posado
sobre la tierra hay un bolero con una silla vieja, junto a el, una modesta
mesita. Esperando que la primera chamba caiga mira con gusto al que se le
acerca.
Alrededor de cuatro metros a un costado, dos tubos
laterales amarillos se encuentran formando una H, sentado en ese lugar, un
hombre perdido en el alcohol ataviado con una camisa delgada y desteñida color
azul charlaba con un amigo.... Se reía, parloteaba y haciendo miles de gestos al
saludar a las personas que hacían caso omiso a su presencia, se veía
enormemente dichoso ante la amena palabrería. No había nadie a su lado, solo
era un delirio... Solo el y su mundo. Solo el y su imaginación. Con la soledad
sentada a su lado.
Es tan distintivo, el peculiar olor a orina, que después
de medio día es casi insoportable. Se siente un hedor caliente, repugnante,
asfixiante. El bagaje de olores es tan diverso. No se puede identificar con
precisión que es lo que huele peor. Dos, tres pasos y una peste distinta.
Cuatro o cinco pasos mas y alguien a tu lado emana un fuerte olor de su cuerpo,
puede ser sudor... puede ser la misma peste impregnada a su persona. Sin
excepción de alguna zona, todo el lugar se perfuma de fetidez, de necesidad.
Los carros transitan de manera fluida. Trasportistas,
automóviles, camionetas, todo tipo de vehículos transita por el lugar, desde el
auto mas lujoso hasta la vieja combi que escupe humo atascada de personas.
Arreados como las vacas por dos agentes de tránsito,
hacen señas e indicaciones con las manos de “Avance, avance...” mientras de vez
en cuando hacen sonar sus silbatos.
Ruido de motores, patrullas, silbatos, claxon de
automóviles, voces que al otro lado de la calle en el mercado Pino Suárez
invitan: “¡Pásele!, ¡Pásele! ¿qué va a llevar?” o los cuidadores de los coches
estacionados que gritan: “¡Viene! ¡viene!” aleteando una franela roja mientras
algunos de los cargadores de bultos atraviesan ágilmente la calle con los
viejos diablitos saturados de costales, cajas o bolsas. Ellos son la vida del
lugar, lo demás... tal como desperdicio.
Alguien cruza la calle, no le importa el tráfico de los
vehículos, se avienta con un diablito a cuestas provocando que algunos coches
se detengan estrepitosamente a su paso. Es un hombre joven. Viste un viejo
pantalón café, roto y remendado de
algunas partes, una playera verde oscuro, que mas bien parece gris ante tanta
mugre, los ojos hinchados, rojos, perdidos, su andar vacilante y zigzagueado,
el cabello tan negro, tal parece como su fortuna, y el olor tan peculiar a
alcohol, a orina, a sudor... llega por fin del otro lado, deja su carga y
vuelva a bajar a la calle, se acerca a las ventanas de los vehículos haciendo
señas con la mano de “un pesito” al levantar el dedo índice mientras se pinta un
rostro de carencia y lastima.
Si alguno se detiene es por que se acercó más de la
cuenta o le tocó la mala fortuna de bajar tanto la velocidad que pudiera
colgarse del marco de la ventana y pedir caridad. Ni uno solo de los
automóviles que detuvo caridad le dio. Ni siquiera lo miraron. Nadie estaba en
su ventana. Nadie estaba atravesado a mitad de calle. La mirada de los
conductores delataba que ese hombre solo era mas basura del lugar.
Se ríe y tallándose los ojos con la cabeza baja regresa a
la banqueta. Saca una franela roja y comienza a agitarla haciendo mofa a los
tránsitos. Levanta su carga y camina hacia el estacionamiento del mercado.
¡Sale, patrón! Grita el “Viene, viene” después de acercarse a recibir dos tres monedas por
su trabajo mientras le da una palmada en la parte trasera de una camioneta al
salir.
Silba y aplaude en cuanto el otro vehículo llega a ocupar
el espacio. Viste de una playera gris desteñida, una gorra que alguna vez fue
roja, de avanzada edad y piel morena.
Es mas que obvio, el también está en estado de ebriedad,
lo dice su andar distraído y su paso inestable. Sentado en el pie de un muro
del puente, después de sacar una larga camioneta roja cargada de costales,
amarra una franela roja a un pedazo de gancho blanco, en cuanto termina, lo
agita vigorosamente.
De pronto, alguien se acerca, es otro hombre. El mismo
que viste de verde y detenía los coches anteriormente para pedir limosna.
Un auto esta apunto de salir ayudado por el hombre de la
franela en el gancho. Rápidamente se acerca el mas joven y también le hace
indicaciones al chofer que sale. El hombre del gancho se molesta y velozmente
se acerca al conductor para recibir el pago por su ayuda.
Se acerca al hombre de verde y comienza una disputa.
-
¿Qué
madre haces aquí? Este es mi lugar, vete de aquí. Déjame trabajar...¡Te voy a
matar! – le grita muy molesto mientras camina detrás de él haciendo señas de
sacar un cuchillo imaginario de su costado izquierdo.
Es totalmente ignorado por el hombre de verde que saluda
alzando la mano a uno de los cargadores de bultos del mercado que atraviesa la
calle ágilmente y ni siquiera lo mira. Ese cargador va concentrado en su viaje.
Va bañado en sudor, en esfuerzo.
Los cargadores de bultos, agitados y prontamente levantan
la carga con sumo vigor. Nada los detiene, ni el peso, ni el hambre, ni el sol,
mucho menos la peste a la que ya se acostumbraron con el paso del tiempo.
Uno de ellos parece tener mas de medio siglo cargado en
su espalda. La fuerza en su cuerpo y la condición por su trabajo lo hace
aparentar mucho menos de los años que en realidad ha vivido.
Sentado sobre su diablito charla emocionado de cómo
matará al maldito perro que tiene por cuñado con un trabajo de un brujo de San
Carlos que, según dicen, es muy bueno y hace la chamba rebien por cinco
baros.
El es solo uno mas de los tantos personajes que dan vida
debajo del puente Grijalva. Es increíble. Todo el lugar es una pequeña parte de
la pobreza, del desempleo, del hambre, de la desesperación. Reflejo de la
perdición de los vicios, del abandono, de la enfermedad.
Lado a lado debajo del puente es territorio de numerosos teporochos
como los conocemos, que rondan por el lugar, por que ahí es su sitio, su
hogar...
En verdad son despreciados ante los ojos de muchos por lo
que son... pero después de todo solo resta pensar, que en entre todos ellos,
nadie resulta ser quién parece. Regazo del Grijalva, hogar de todos, amparo de muchos...refugio
de las ánimas del alcohol que brindan minuto a minuto por la quimera que se
perdió en el camino.

Que buena nota! :D
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