En el Tintero

El Tintero es un blog de concepto periodístico en el que se presentan temas de interés general en politíca, sociedad, cultura y educación.
Conoce la opinión de jóvenes comunicólogos en búsqueda de información a través de artículos, entrevistas, reportajes, columnas y notas.



viernes, 13 de abril de 2012

Las cosas, de frente.


EVARISTO, CUMPLIDOR.

Tabasqueños definen en una palabra a Evaristo: CUMPLIDOR. El ex-presidente municipal del Centro, el Lic. Evaristo Hernández Cruz, comparte sus experiencias con estudiantes de la Licenciatura en Comunicación.

Por: Cristell Guadalupe Orueta Gual.

Villahermosa, Tabasco a 13 de Abril de 2012.


Actividad apasionante.

EL PERIODISMO TABASQUEÑO

Entrevistas a los apasionados por el periodismo en el Estado de Tabasco, un ejemplo de profesionalismo para los estudiantes en Comunicación.

Por: Cristell G. Orueta Gual.

Villahermosa, Tabasco a 13 de Abril de 2012.

¡Felizmente graduados!


ADIÓS A LAS CLASES

Estudiantes de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, festejan haber concluido su etapa universitaria y dicen adiós a las clases.

Por: Cristell G. Orueta Gual.

Villahermosa, Tabasco a 03 de Diciembre de 2011.

Licenciados en Comunicación generación 2006-2011 se gradúan. (Rosa Dania Martínez Constantino).


Graduados inician festejo de su gran logro. (Rosa Dania Martínez Constantino).



Los alumnos inician recorrido de graduación en su División Académica. (Rosa Dania Martínez Constantino).



Jóvenes al grito de ¡Si se pudo! ¡Si se pudo! (Rosa Dania Martínez Constantino).



La fotografía grupal para el recuerdo de los estudiantes. (Rosa Dania Martínez Constantino).



Una graduada feliz. (Rosa Dania Martínez Constantino).


jueves, 12 de abril de 2012

Formación profesional del estudiante.



UNIVERSITARIOS CARENTES DE INTERÉS EN LA INVESTIGACIÓN

Los alumnos de la Licenciatura en Ciencias de la Educación son poseedores del nivel más alto de elaboración de Tesis como modalidad de titulación en la División Académica de Educación y Artes de la UJAT.
Por Cristell Orueta.

Villahermosa, Tabasco a 29 de Marzo.

La División Académica de Educación y Artes de la Máxima Casa de Estudios UJAT, cuenta con 9 modalidades de titulación para los estudiantes de la Licenciatura en Ciencias de la Educación, Licenciatura en Comunicación y Licenciatura en Idiomas. Un modelo para que los jóvenes universitarios puedan titularse es la famosa tesis, pero son muy pocos los que recurren a ella, ya que carecen de interés por la investigación.



Así lucen los estantes del módulo 
de consulta de la Tesis.
FOTOGRAFÍA: DAVID MORALES

Por año se realizan aproximadamente 180 tesis, teniendo la delantera la Licenciatura en Educación con 100 de ellas, en segundo lugar la Licenciatura en Idiomas con 50, y por último, la Licenciatura en Comunicación elabora 30, registrado por la Coordinación de Estudios Terminales de la DAEA teniendo a cargo al Lic. Javier Toledo. En el último período solo se realizaron 130. Aunque la consulta de ellas es muy pobre, los estudiantes de la carrera de Idiomas son quiénes demandan más, mientras que los de Comunicación consultan menos, inducidos por el profesor solo para elaborar actividades en clase, y llevándolo a cabo solo uno o dos de cada diez.

La recepción de dichas investigaciones para la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, genera mejores oportunidades, mayor peso, y aumenta el recurso para la misma, pero a la mayoría de los estudiantes les atrae otras de ellas, ya que al elaborarla se llevan un año aproximadamente para terminarla.

Los estudiantes en la Licenciatura en Ciencias de la Educación son quienes destacan en la elaboración de tesis en la División Académica de Educación y Artes, reclinándose a tópicos de la enseñanza y el aprendizaje, aunque sus contenidos de acuerdo con el profesor investigador Lic. Carlos A. Magaña Cartagena aportan poca sistemológica y son más cualitativos.

CRÓNICA: LOS HIJOS DEL GRIJALVA

EL PUENTE GRIJLAVA ALBERGA UN GRUPO DE PERSONAS QUE NO ENCUENTRAN EL CAMINO DE REGRESO A SUS HOGARES.

LOS HIJOS DEL GRIJALVA

En uno de los lechos en los muros del puente, duerme plácidamente un hombre vestido de suciedad. Las moscas rondan su cara, su boca, sus ojos velando su sueño. Es un de los tantos hijos del Grijalva.


Por Rosa Dania Martínez.


El rugir de camiones hace cimbrar al hogar de muchos. El concreto se estremece a su paso. Parado sobre él se puede sentir en la planta de los pies la contracción de su respirar. Hay tanta vida sobre y debajo de él.  A pesar de ser tan longevo sigue resistente, de pie, protegiendo a sus hijos, a los exiliados que alberga  en sus entrañas.
Debajo del Grijalva los toscos muros grisáceos se visten de incontables nidos de insectos, de manchas de basura, de todo tipo de mugre pero eso jamás ha importado. Ha sido y será refugio de los carentes, familia de los desprotegidos, de los rostros de siempre, de cada mañana.
Vagos, delincuentes, teporochos, malvivientes muchos son los nombres que se les a dado. Muchas son las formas en que los conocemos, las numerosas veces que los hemos topado en el camino, excluidos, redimidos, como espectros incógnitos  ante el repudio de muchos.
El sol nace una vez mas aunque aquí parece no alumbrar para todos. Un día cualquiera. Como siempre, presurosos, ajenos, distraídos, gente sencilla reviste el puente con diferentes rumbos. Mudos. Ajenos.
Algunos transeúntes de pronto echan un vistazo hacia abajo, en su mirar se asoma la repulsión,  la lastima... aquellos teporochos del lugar tirados como bultos, como un saco mas de desperdicios.
Por otras personas, ni siquiera ignorados, pasan totalmente inadvertidos. Son parte del panorama, de la inmundicia del lugar.
Basura en general, bolsas de plástico con viseras de animales que se asoman entre las aberturas, fruta podrida, melones enmohecidos, tomates reventados, cascaras de naranja, botellas de plástico, retazos de tela sucia, plumas de aves, agua puerca encharcada son la decoración perfecta de la indigencia.
Debajo de las escaleras, sobre un costado hay dos hombres completamente sucios, malolientes, con las uñas atascadas de tierra y las palmas de las manos negras de tanta mugre, cantan y aplauden perdidos felizmente en el alcohol. Es una verdadera fiesta. Uno de ellos se pone de pie para cantar mas alto y después hacer una reverencia vacilante a su compañero por los aplausos recibidos...de pronto se detiene, camina unos cuantos pasos para levantar, quizá la única comida del día: un tomate  de tierra. Lo come con los ojos cerrados que de vez en cuando abre, como si sus párpados fuesen de plomo. Como si supiera que cerrados, se le extrañaría mas. El sueño lo llama. Lo espera su hogar: Un viejo petate colocado en un hueco del puente.
Su amigo, sube detrás de el e insiste en que sigan cantando. Hacen tanto escándalo: las risas, el canto, los aplausos...
Del otro lado de las escaleras aparece una mujer joven. Su aspecto es deplorable. Viste de una playera roja, obsequio de un candidato, con el cabello desteñido, enmarañado. Su pantalón se encuentra sumamente sucio. La cara hinchada, la mirada perdida, los labios resecos que continuamente son limpiados con sus manos sucias. Va acompañada de un joven, que carga consigo una bolsa que parece tener unas sandalias dentro. Discuten fuertemente mientras ella aletea las manos. Parece fastidiada, harta, se ve cansada, pálida, ojerosa...ambos a duras penas caminan por los estragos del alcohol.
Debajo del Puente Grijalva se encuentra
el hogar  de muchos indigentes
FOTOGRAFÍA DE ARCHIVO
En uno de los lechos en los muros del puente, duerme plácidamente un hombre vestido de suciedad, también indigente... Las moscas lo acompañan. Rondan su cara, su boca, sus ojos velando su sueño. Quizá serán esos insectos los únicos que lo escuchen. Sus amigas, sus aliadas no les molesta estar cerca de el. No le causan ninguna molestia.
Cruzando la calle, justo donde termina el malecón, posado sobre la tierra hay un bolero con una silla vieja, junto a el, una modesta mesita. Esperando que la primera chamba caiga mira con gusto al que se le acerca.
Alrededor de cuatro metros a un costado, dos tubos laterales amarillos se encuentran formando una H, sentado en ese lugar, un hombre perdido en el alcohol ataviado con una camisa delgada y desteñida color azul charlaba con un amigo.... Se reía, parloteaba y haciendo miles de gestos al saludar a las personas que hacían caso omiso a su presencia, se veía enormemente dichoso ante la amena palabrería. No había nadie a su lado, solo era un delirio... Solo el y su mundo. Solo el y su imaginación. Con la soledad sentada a su lado.
Es tan distintivo, el peculiar olor a orina, que después de medio día es casi insoportable. Se siente un hedor caliente, repugnante, asfixiante. El bagaje de olores es tan diverso. No se puede identificar con precisión que es lo que huele peor. Dos, tres pasos y una peste distinta. Cuatro o cinco pasos mas y alguien a tu lado emana un fuerte olor de su cuerpo, puede ser sudor... puede ser la misma peste impregnada a su persona. Sin excepción de alguna zona, todo el lugar se perfuma de fetidez, de necesidad.
Los carros transitan de manera fluida. Trasportistas, automóviles, camionetas, todo tipo de vehículos transita por el lugar, desde el auto mas lujoso hasta la vieja combi que escupe humo atascada de personas.
Arreados como las vacas por dos agentes de tránsito, hacen señas e indicaciones con las manos de “Avance, avance...” mientras de vez en cuando hacen sonar sus silbatos.
Ruido de motores, patrullas, silbatos, claxon de automóviles, voces que al otro lado de la calle en el mercado Pino Suárez invitan: “¡Pásele!, ¡Pásele! ¿qué va a llevar?” o los cuidadores de los coches estacionados que gritan: “¡Viene! ¡viene!” aleteando una franela roja mientras algunos de los cargadores de bultos atraviesan ágilmente la calle con los viejos diablitos saturados de costales, cajas o bolsas. Ellos son la vida del lugar, lo demás... tal como desperdicio.
Alguien cruza la calle, no le importa el tráfico de los vehículos, se avienta con un diablito a cuestas provocando que algunos coches se detengan estrepitosamente a su paso. Es un hombre joven. Viste un viejo pantalón café, roto  y remendado de algunas partes, una playera verde oscuro, que mas bien parece gris ante tanta mugre, los ojos hinchados, rojos, perdidos, su andar vacilante y zigzagueado, el cabello tan negro, tal parece como su fortuna, y el olor tan peculiar a alcohol, a orina, a sudor... llega por fin del otro lado, deja su carga y vuelva a bajar a la calle, se acerca a las ventanas de los vehículos haciendo señas con la mano de “un pesito” al levantar el dedo índice mientras se pinta un rostro de carencia y lastima.
Si alguno se detiene es por que se acercó más de la cuenta o le tocó la mala fortuna de bajar tanto la velocidad que pudiera colgarse del marco de la ventana y pedir caridad. Ni uno solo de los automóviles que detuvo caridad le dio. Ni siquiera lo miraron. Nadie estaba en su ventana. Nadie estaba atravesado a mitad de calle. La mirada de los conductores delataba que ese hombre solo era mas basura del lugar.
Se ríe y tallándose los ojos con la cabeza baja regresa a la banqueta. Saca una franela roja y comienza a agitarla haciendo mofa a los tránsitos. Levanta su carga y camina hacia el estacionamiento del mercado.
¡Sale, patrón! Grita el “Viene, viene” después de acercarse a recibir dos tres monedas por su trabajo mientras le da una palmada en la parte trasera de una camioneta al salir.
Silba y aplaude en cuanto el otro vehículo llega a ocupar el espacio. Viste de una playera gris desteñida, una gorra que alguna vez fue roja, de avanzada edad y piel morena.
Es mas que obvio, el también está en estado de ebriedad, lo dice su andar distraído y su paso inestable. Sentado en el pie de un muro del puente, después de sacar una larga camioneta roja cargada de costales, amarra una franela roja a un pedazo de gancho blanco, en cuanto termina, lo agita vigorosamente.
De pronto, alguien se acerca, es otro hombre. El mismo que viste de verde y detenía los coches anteriormente para pedir limosna.
Un auto esta apunto de salir ayudado por el hombre de la franela en el gancho. Rápidamente se acerca el mas joven y también le hace indicaciones al chofer que sale. El hombre del gancho se molesta y velozmente se acerca al conductor para recibir el pago por su ayuda.
Se acerca al hombre de verde y comienza una disputa.
-       ¿Qué madre haces aquí? Este es mi lugar, vete de aquí. Déjame trabajar...¡Te voy a matar! – le grita muy molesto mientras camina detrás de él haciendo señas de sacar un cuchillo imaginario de su costado izquierdo.
Es totalmente ignorado por el hombre de verde que saluda alzando la mano a uno de los cargadores de bultos del mercado que atraviesa la calle ágilmente y ni siquiera lo mira. Ese cargador va concentrado en su viaje. Va bañado en sudor, en esfuerzo.
Los cargadores de bultos, agitados y prontamente levantan la carga con sumo vigor. Nada los detiene, ni el peso, ni el hambre, ni el sol, mucho menos la peste a la que ya se acostumbraron con el paso del tiempo.
Uno de ellos parece tener mas de medio siglo cargado en su espalda. La fuerza en su cuerpo y la condición por su trabajo lo hace aparentar mucho menos de los años que en realidad ha vivido.
Sentado sobre su diablito charla emocionado de cómo matará al maldito perro que tiene por cuñado con un trabajo de un brujo de San Carlos que, según dicen, es muy bueno y hace la chamba rebien por cinco baros. 
El es solo uno mas de los tantos personajes que dan vida debajo del puente Grijalva. Es increíble. Todo el lugar es una pequeña parte de la pobreza, del desempleo, del hambre, de la desesperación. Reflejo de la perdición de los vicios, del abandono, de la enfermedad.
Lado a lado debajo del puente es territorio de numerosos teporochos como los conocemos, que rondan por el lugar, por que ahí es su sitio, su hogar...
En verdad son despreciados ante los ojos de muchos por lo que son... pero después de todo solo resta pensar, que en entre todos ellos, nadie resulta ser quién parece. Regazo del Grijalva, hogar de todos, amparo de muchos...refugio de las ánimas del alcohol que brindan minuto a minuto por la quimera que se perdió en el camino.

CRÓNICA: UN ESTUDIANTE AL CORRIENTE


Muchos estudiantes de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco regresan a sus municipios trasbordando pese a las altas horas de la noche.


UN ESTUDIANTE AL CORRIENTE

Por alcanzar el éxito profesional, muchos  estudiantes necesitan realizar largos viajes para poder regresar a sus hogares y concluir sus estudios.


Frente a la parada en la que se disputan más de uno para tomar transporte, Bartolo hace señas de alto a quien primero se detenga: a veces un camión, con más suerte un taxi, otras tantas una combi o simplemente un aventón.

Por: Rosa Dania Martínez.

     En la realidad de muchos universitarios, la necesidad de superación profesional logra impulsar a los jóvenes ante muchas adversidades. Él es Bartolo García García, un padre de familia de 38 años, egresado de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco hace siete años. Durante toda su estadía universitaria, tuvo que viajar desde el centro de nuestro estado hasta su comunidad nativa en Corriente de Nacajuca, Tabasco.
Bartolo trabaja como auxiliar administrativo en la cabecera municipal de Nacajuca pero el salario que percibe apenas alcanza para su esposa y sus dos hijos, siendo el único soporte de su familia, ha buscado finiquitar aquel sueño que comenzó en las aulas de la División Académica de Educación y Artes en aquel agosto de 1995 cuando inició sus estudios en la licenciatura en comunicación.
Largos trayectos tienen que viajar 
muchos estudiantes de municipio 
para lograr sus estudios
FOTOGRAFÍA DE ARCHIVO
Hoy él regresó a las instalaciones de su alma mater, de su universidad. Enlistado en el grupo de diplomado de titulación, Bartolo, ha vuelto a ser estudiante para lograr su meta. De lunes a viernes, alrededor de las nueve de la noche, viaja al hogar en su comunidad donde la familia lo espera, misma travesía de años atrás, daba inicio al salir presuroso a los caminos de la universidad, apenas unos cuantos corren a prisa para alcanzar su transporte, aquellos jóvenes al igual que él, que sólo piensan en regresar pronto a sus hogares por la tardía hora.
Después de atravesar el solitario puente de avenida universidad que es alumbrado por unos cuantos faros de coches que transitan debajo de él, espera el primer transporte que se detenga, a veces un colectivo, un tranbús, un taxi...por la hora ya se pueden escatimar gastos. La meta de todas las noches es llegar a su municipio, a su hogar.
Minutos después de una hora, Bartolo llega a su municipio, pero aún falta atravesar un camino que apenas se logra vislumbrar entre los altos pastos, son cerca de 400 metros en la oscuridad para llegar a la comunidad en la que la que se resguarda su modesta casa.
Bartolo busca un sueño, busca su superación, busca la oportunidad de ejercer la preparación que tiene como profesionista y ofrecer una mejor calidad de vida para él pero sobre todo para su motivo: su familia.


CRÓNICA: EN EL CORAZÓN DE LA MOSCA

Muchos chiapanecos en pobreza extrema se ven en la necesidad de invadir terrenos federales en búsqueda de un hogar.


En el Corazón de la Mosca.

El viejo motor ruidoso hizo sincronía al arrancar con un estallido del escape: La travesía  hacia las entrañas de la Mosca había comenzado.


Por Rosa Dania Martínez.


Eran más de las cuatro de la tarde cuando se esperaba la salida de aquella vieja combi con el piso lleno de lodo rojo y seco, la temperatura dentro de ella era sofocante, un calor húmedo, agotador.
De pronto los pasajeros comenzaron a abordar uno a uno, la primera en ascender fue una humilde mujer con el rostro cansado que llevaba consigo a un delgado niño que lucía un corte de cabello que parecía hecho a tijerazos. Minutos después subió un hombre joven y delgado, también él lucía muy humilde, vestía un overol azul desteñido de alguna empresa cuyo nombre no se distinguía -seguramente obsequio de alguien-, un par de viejas botas con restos de cemento y pringas de pintura multicolor, una maleta negra, sucia y remendada con hilos de colores por doquier.
Una pareja subió adelante. Parecían ser novios, muy jóvenes. Quizá unos 14 años la chica, delgada con largo cabello aceitoso y él unos cuantos años mayor, vestía playera negra y un pantalón sumamente ancho de las piernas que dejaba ver parte de su ropa interior. Jugaban sus manos divertidos esperando la salida de la unidad.
Minutos después un anciano subió. Traía puesto un sombrero negro de ala grande con una pluma de ojuelos entre verdes y azules, lentes oscuros y una muy delgada camisa blanca que se adhería a él por el mucho sudor  de su cuerpo. Con una voz garraspoza dio las buenas a tardes a todos mientras se sentaba en el asiento individual junto a la puerta.
El último en subir fue un chico con audífonos y un pañuelo negro con detalles blancos amarrado a su cabeza. Estaban todos listos para salir. El chofer encendió la combi. El viejo motor ruidoso hizo sincronía con un estallido del escape al avanzar. La ruta hacia una de las tantas colonias    por invasión, como se conoce en el pueblo inició: Colonia El Porvenir o vulgarmente conocida, La Mosca.

Bajaron uno a uno en el trayecto. Nadie más subió durante el camino. El viaje fue callado. Vacío. Nadie parecía conocerse. Nadie se miró entre si. Ni una sola sonrisa. Ni un saludo. Solo el respetivo diálogo entre en el chofer y cada quién para pedir su parada y pagar su pasaje.  Los primeros en bajar fueron la madre con su hijo; que cuidadosa aguardó la bajada del pequeño para evitar un accidente.
Le siguieron unas cuadras más adelante la pareja de novios que agradeció al chofer. Después el albañil, que bajó justo frente a su hogar. Mientras la combi esperaba su turno para incorporarse a la calle siguiente, fue tiempo necesario para ver como dos menores gustosos salían de una pequeña casita de lámina al encuentro de su padre -“Ya llego papi, mamá”- gritó uno de ellos mientras su padre pintaba en su rostro cansado una sonrisa al escucharlos.
El turno de avanzar de la combi seguía después de una pequeña y destartalada camioneta repartidora de agua potable. Frente a una modesta tienda de abarrotes bajó con dificultad el anciano del sombrero. Sólo restaba el chico del pañuelo, que sentado en una esquina con las piernas dobladas movía el pie derecho a la vez que murmuraba la letra de alguna canción. Mantuvo la mirada siempre hacia afuera. “¡En la esquina, wey!” De pronto dijo exaltado al chofer. El chofer se detuvo al doblar en una calle. Era el momento de bajar.
Cualquiera que decida ir a esa pequeña y reciente comunidad tendrá que bajar en esa esquina: Frente a un puente de gruesos tubos amarillos propiedad de PEMEX, justo arriba de una corriente de aguas sucias.
Ni siquiera era la entrada sino hasta 100 metros adelante, a mano derecha había un muy angosto camino, era la entrada. Con un muy profundo hueco que atravesaba de lado a lado el camino de lodo rojo se daba la bienvenida a sus habitantes.
Camino hacia el Corazón de la Mosca
FOTOGRAFÍA ROSA DANIA MARTÍNEZ





La travesía a pie hacia La Mosca fue alrededor de 500 metros adentro. Después de cruzar por el lodo rojo, estaba una escasa venta de algunos abarrotes en un pequeño hogar. Unos cuantos pasos bastaron para hacer que una anciana saliera a ver quien estaba entrando. Frente a ella estaba estacionada una vieja camioneta color vino de larga batea Pick Up con diversas picaduras en su lámina y recargadas a ella, tres hombres, dos de ellos sin camisa y con los pies llenos de lodo, tomaban del pico de la misma botella de cerveza.  Parecía no ser la única, varias botellas vacías yacían en el suelo. Reían mientras empujaban a uno de ellos. De repente se detuvieron, alguien estaba entrando a la colonia. Miraron serios sin contestar ningún saludo.

No habían sido ni diez metros de camino en cuanto los habitantes comenzaron a asomarse por las ventanas o definitivamente salieron sin miramientos de las modestas casas distantes entre unas y otras a ver quien andaba. Un niño salió presuroso al  ver que alguien ajeno a su colonia. Se quedó estático, observando fijamente a los ojos mientras chupaba una pieza de pan. Solo vestía ropa interior, un calzoncito café que apenas cubría su diminuta cadera. Cinco o seis años semejaba su rostro pero no su corta estatura. Después de unos instantes entró a su casa y en la puerta  apareció su madre jalada por él mismo por una esquina de su falda.
En el trayecto del largo camino, avanzaba una señora de edad, parecía tener alrededor de los 70 años, con el cabello gris trenzado que le llegaba debajo de la cadera, una falda floreada con fondo morado y una blusa roja, descalza con los talones agrietados cargaba una cubeta con masa y en la otra una gran bolsa de plástico negra de la que salían muchas ramas de chipilín. Se veía acalorada, cansada pero aun así su paso era presuroso.
Muchos perros flacos, sarnosos y malolientes en pequeñas manadas se acercaban al paso anunciando la proximidad de la Mosca. El olor a pestilencia característica del basurero se comenzaba a sentir prevaleciendo por encima del olor a humo y a cacao en el aire. Los pies se hundían en el suave lodo rojo por las lluvias de un día anterior, orilla a orilla la basura recubría el camino. Estaba dentro del corazón de la Mosca.


En las orillas de aquel basurero municipal, desde hace cinco años, pepenadores, barrenderos, boleros y otros tantos desempleados llegaron a terrenos propiedad de PEMEX apropiándose de un pedazo de tierra donde poder pasar los días a pesar de las condiciones de contaminación extrema.
Una de las viviendas de La Mosca
FOTOGRAFÍA ROSA DANIA MARTÍNEZ
La pobreza, el hambre y la necesidad habían sido los motores para ser “los invasores”, como se conoce en el pueblo, para ignorar las condiciones de vivir en los asentamientos de aquel basurero, entre los animales, las aves de rapiña, la pestilencia.
Más de dos camiones cargados de basura cruzaron para llegar al basurero. Al igual que el esqueleto de una moto que apenas y avanzaba, manejada por un señor joven con un pequeño niño detrás que lucían sus pies descalzos y enlodados. Enmarcando la entrada un letrero del “H. Ayuntamiento, Gobierno del estado y PEMEX” rodeado de altos montes de toneladas de basura señala:

“Aquí se construye un Relleno Sanitario. Tirar Basura Hasta el Fondo. Cuida tu medio Ambiente”.

Bastó echar una mirada ante aquel panorama desolador para estremerse al sentir la cruda realidad de la pobreza, del hambre, de la desesperación. Muchas y muy pequeñas casas de apenas unos 3x4 metros, construidas con pedazos oxidados de láminas, de cartones, palos, bambú, barro, madera... basura de cualquier cosa que pueda levantarse con sus propias manos para más o menos subsistir. Las casas, esparcidas muy cercanas unas a las otras, con estrechas divisiones que hacen los caminos. El hedor de la basura era prácticamente insoportable, sofocante al punto de la asfixia. Es increíble pensar en las condiciones de vida de sus habitantes.

 
Aproximadamente cincuenta metros después del letrero, se levantan enormes montículos de basura, en el más alto de éstos, tres niños apenas vestidos jugaban con los zopilotes que merodeaban bajando al lugar con confianza, en el centro dos camiones descargando los viajes de basura.
Debajo de un gran cerro de basura, más niños corrían y gritaban persiguiéndose el uno al otro. Un escalofriante cuadro. Sucios, descalzos, apenas vestidos con ropa rota y la cara manchada se aventaban pedazos de basura que recogían mientras reían divertidos “una guerrita de basura”.
A las afueras de La Mosca, una de sus habitantes, la señora Marbella Sánchez, salió con dificultad al encuentro para invitarme a pasar a su humilde hogar. La mujer de quizás más de setenta años calzaba unas viejas y empolvadas sandalias, vestía una falda que le cubría a la mitad de las pantorrillas y una delgada blusa remendada. Una de las patas de sus lentes faltaba y parecía dar el aspecto de tener el rostro de lado.  Su hogar apenas media 3x3m. Tan pequeño. Tan increíble.
En su fachada lucia una lona de propaganda política, unos pedazos de cartón y algunos restos de aparatos electrodomésticos que salieron del basurero: Llantas viejas y encharcadas, pedazos de metal, láminas y basura en general. Dentro de aquel diminuto cuarto unos cuantos hilos de una hamaca vieja y descolorida atravesaban la habitación. Dos sillas chuecas de madera y la osamenta de un sillón con los alambres de fuera cubierto con una toalla, una pequeña mesa con restos de una tortilla tiesa y un par de tazas junto a una nevera en pedazos era todo. No había más.
El clima, la ropa sucia y el zorro que se comió a uno de sus pollos la noche anterior fueron los temas de conversación mientras caminaba de un lado a otro dentro de la pequeña casa recogiendo papeles y basuras del piso de tierra.

Las condiciones de vida en la Mosca son trágicas. Dentro de aquel hogar, como en cualquier punto, podía escucharse los muchos gritos, regaños y groserías de las madres a sus hijos. Afuera el ruido de los niños corriendo y gritando al  jugar con la basura junto a muchos perros que ladran y gruñen con ellos.
Al salir de un lado a otro se pueden ver todas las casas idénticas, con la misma fachada, con los mismos materiales. Son tan pequeñas que hasta parece increíble pensar que ahí duermen todos los integrantes de una familia. Debido a la falta de servicios públicos, ni un solo baño se puede apreciar, solo fosas sépticas a unos cuantos metros que se unen a la peste general del lugar.
La noche estaba próxima. Era hora de partir. Al doblar en una esquina, tres pequeños niños completamente sucios, despeinados, delgados y con una redonda pancita muy prominente jugaban entretenidos sentados en un enorme charco de agua fangosa, verde y espesa que se había asentado de la lluvia en la noche anterior sobre un hueco en la tierra. Uno de los tres pequeños vestía un short azul enlodado y una playera roja, los otros dos, solo un calzoncillo, ninguno tenia zapatos. Estaban sentados en aquel charco mientras gustosos reían a carcajadas. Con sus pequeñas manos tomaban un poco de fango y lo aventaban al cielo mientras observaban como subía y bajaba el lodo esquivando su caída. Era una verdadera fiesta.
A pesar de las condiciones en las que viven, esos tres niños jugaban sin preocupaciones con la inocencia y frescura de la niñez. No todo es desolación…algunos son felices aunque sea por un instante. También en el corazón de La Mosca hay vida.